Vencer en la guerra

Aunque no os lo creáis, el último libro que he leído me ha hecho desear haber sido un escolar de Estados Unidos. Y, de haberlo sido, habría tenido la suerte de leer Matar a un ruiseñor antes y no esperarme a los veintiuno para descubrir su humanidad, su calidad literaria y conocer a Atticus.


Para quienes no hayáis leído o visto la película de Matar a un ruiseñor, os diré que nos cuenta como Atticus Finch, un abogado de los años treinta en un condado del profundo sur estadounidense, se enfrenta a la difícil tarea de defender a un hombre afroamericano acusado de una falsa violación. Complicada misión. Sus vecinos y amigos no terminan de entenderlo, lo acusan de traidor y hasta lo hostigan, pero Atticus está decidido a cumplir con su cometido. 

 

Sin embargo, lo mejor de la historia no es que el héroe gane, que no lo hace, al menos a la manera usual, sino precisamente que lucha sin importarle saber que la victoria es imposible, sólo por mantenerse fiel a lo que es justo. Curiosamente eso es lo que hace que lo respeten esos vecinos que le afrentan y, sobre todo, su hija, que es la narradora.

 

Atticus Finch y Tom Robinson interpretados por Gregory Peck y Brock Peters respectivamente


Al cerrar el libro todos queremos ser como Atticus Finch, y más si eres un recién graduado en Derecho como yo: íntegros, decididos, intachables y de convicciones profundas. Queremos que nuestros actos acompañen la buena opinión que tenemos de nosotros mismos y que pese a todo y a todos avancemos decididos hacia lo que creemos que es bueno. Es el héroe real que Harper Lee retrató también en Ve y pon un centinela, ahí con alguna sombra que lo hacía más humano y por tanto más cercano a nosotros.

 

Es una de esas novelas que te hacen mejor aunque no sea de autoayuda ni tampoco sea esa su intención. Lo hace porque nos pone ante dos caminos, como pasa en la vida real. El fácil, que te permite huir de los problemas, de las situaciones complicadas, máxime cuando la sociedad se vuelve en tu contra. Y el difícil, ese que te obliga a arremangarte y a luchar valientemente por lo que es de justicia. 

 

Algunos dicen que hay que luchar donde se puede ganar; yo digo, quizás guiado por la ingenuidad de los veintipocos años, que hay que luchar donde se debe luchar. Perder o ganar será el castigo o el premio, será inevitable o una suerte, pero lo que siempre debe ser es algo por lo que no tengamos que agachar la cabeza. Si luchas por el bien quizás salgas derrotado de muchas batallas, pero ya habrás vencido en la guerra.

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