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Autoinmune

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Me llamo Nacho y soy un alérgico. Esta confesión a lo alcohólico anónimo la compartimos cada vez más personas. Hay tropecientas alergias: al pelo de los animales, al huevo, a las almendras, al látex, al agua, al marisco, a los ácaros del polvo… y sus consiguientes erupciones cutáneas, subcutáneas, rinitis o conjuntivitis.  Yo soy de los afortunados que están todo el día moqueando, unas veces por el polvo y otras por el pelo de los animales. Y hasta esta semana pensaba que era una desgracia divina, igual que a unos les sienta mal el chocolate y otros son del Barcelona. Pero resulta que me he enterado que los alérgicos que moqueamos nos agudizamos los síntomas con el polvillo que desprenden los pañuelos de papel. Lo que nos faltaba.   Ejercitamos así esa curiosa capacidad autoinmune que tenemos los seres humanos de buscarnos problemas, como si no llegaran bastantes ya de por sí. No sólo nos empeñamos en enamorarnos de quien no debemos, de mediar en guerras imposibles, de pensar ...

Extracción

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Esta semana ha sucedido algo curioso; me he sentido identificado con Podemos. Y es que he perdido dos muelas del juicio, y algunos ilustres dirigentes de la formación morada han perdido algún juicio. Al parecer, mientras lo mío está bien merecido, lo otro, según la ministra del Gobierno de España Ione Belarra, se debe a motivaciones puramente políticas, a que han sido víctimas de una cacería por luchar contra los privilegios de la casta. Yo creo que mi dentadura también ha sido víctima de la casta de los dentistas, pero ni usando ese argumento conseguí una rebaja. Y eso que les tenía cariño. Estaban conmigo muchos años, así que por mucha anestesia que me pincharan y por mucho que bendigo al inventor del Nolotil, a mí me ha dolido bastante el perderlas. No digo yo que no sea sensual el sillón del dentista, el sonido del taladro en la boca, o ese aparato succionador de saliva, pero no me compensa. Según mi dentista, esas muelas no valen para nada, sólo para darnos problemas. Y como en la...

Frenesí

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En el monólogo de  La vida es sueño  de Calderón de la Barca, Segismundo  cuestiona el sentido de la vida y dice que todo es un frenesí, un sueño. Si os habéis fijado, dedicamos nuestras vidas a construir lo que alguna vez hemos soñado; que si nuestro futuro, nuestra identidad, una familia ideal, nuestras carreras o la casa perfecta que hemos visto en Pinterest. Luego, una vez que las tenemos, las llenamos de cosas para darles contenido ya que no podemos dotarlas de sentido. Y es por eso por lo que creo que triunfa  IKEA . Es una forma de llenar y cambiar todo sin que nada cambie.    De hecho, hace unos días, me engañaron para ir a ese laberinto panelado de letras amarillas, a ese contenedor de pesadillas disfrazado de sueños, al lugar donde uno entra felizmente emparejado y sale con un divorcio bajo el brazo. No iba para diseñar la casa de mis sueños ni para comprar la librería de nombre impronunciable, sino que iba a por los lápices gratis y a por las fam...

Malditos roscones

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Sabía que mi supermercado de confianza era capaz de hacerme viajar hasta países que no he viajado. Empezó con el hummus, del que me declaro adicto. Me podría comer, con palitos de zanahoria, dos botes al día como si fuera Sabina fumando cigarrillos, paquete tras paquete. Después llegó el sushi, la comida favorita de la familia Beckham, pero no de la mía. Mi hermano dice que lo más rico del sushi es cuando lo tiras a la basura y te comes un buen filete; ya se sabe que la miel no está hecha para la boca del asno. Y cuando mi plenitud culinaria era máxima, llegó el gazpacho, que no es de otro país pero es el mejor que he probado, más conseguido que el de la Esteban, que no es muy difícil, y que el de mi querida Thermomix.    Pero lo que nunca pensé es que ese mismo supermercado me haría viajar en el tiempo. Ni H. G. Wells se hubiera imaginado que entre productos de marca blanca y bolsas racionadas se encontraría la auténtica máquina del tiempo. Lo digo porque, cuando aún voy en b...

Con ganas de más

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Se acabó el verano. Se acabó el verano de los malditos talibanes, del récord diario del precio de la luz, del Mar Menor ahogándose, de la marcha de Messi, de la quinta ola permanente y de los menores en Ceuta. Se acabó el calor sofocante, el sudor permanente y el sol de (in)justicia. Se acabó el peregrinaje a la playa cargados de sillas, cubos, sombrillas y toallas, al parking repleto buscando sitio y a la heladería completa tratando de rescatar una mesa.  Se terminó el verano. Se terminó La Manga, Cabo de Palos y Los Nietos. Se terminó el primer trago de cerveza del aperitivo y el último mojito en el chiringuito. Se terminó leer un buen libro, al ocaso, con los pies enterrados en la arena y la brisa acariciando nuestro cuerpo. Se terminó el paseo al amanecer, el baño al atardecer y las madrugadas de vino blanco y luna llena. Se terminó jugar con las olas, perder a las cartas y desconocer la hora que es. Se terminó olvidar el sonido del despertador, el sentido de las obligaciones, ...

Señor juez: ¡Paciencia!

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Señor juez: Le escribo como justificación de un pre crimen. No creo que sea el único que a estas alturas del verano, en familia, esté escribiendo esto. Le aseguro que trato de evitarlo por todos los medios. Uno se conoce, así que, antes de estallar, he hecho todos los ejercicios de relajación que hay en  YouTube , musicoterapia, biorretroalimentación, y hasta estoy dispuesto a leer a Paulo Coelho, pero sé que acabaré explotando. Y es que una casa de veraneo con hermanos, primos, bebes, tíos, hámster, perro y vecinos es una bomba de relojería. Como puede ver no me he privado de nada. Hermano en plena adolescencia regateando horas de llegada mejor que Cristiano Ronaldo, aduciendo que nadie lo entiende, que todo es injusto, que sacar al perro es explotación infantil y que todos conspiramos contra él. Hermana que se ha declarado en pubertad y en libertad de usar shorts a la altura de las trompas de Falopio que diría Rosa Palo, que dedica más horas a su pelo que un opositor de notarías ...

Feliz de vivir

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Como este verano me ha tocado tener de horizonte los libros de la oposición, me acuerdo con nostalgia del horizonte que veía Stendhal al contemplar la capital de Italia, nuestra mutua ciudad favorita, y el país al que más veces he viajado después de  Murcia. Italia es mi debilidad, y mi placer culpable es Roma, porque decir que te gusta es como decir que te gusta el chocolate, se da por supuesto y es casi una vulgaridad.   Recuerdo especialmente un viaje que hice al país transalpino con la persona a la que más quiero del mundo; ahí me convertí en un mochilero de autostop y me jugué la ducha diaria para poder recorrerla de norte a sur. De Italia no sólo me gustaron sus espressos. Me fascinó su música, la pintura y la belleza de sus mujeres (aquí pasa como con el chocolate); la huella de diferentes civilizaciones mezclada con la modernidad mediterránea; la historia expuesta en grado superlativo.   Admiro Italia por todo eso, y por seguir en marcha a pesar de sus políticos; ...